jueves, 16 de febrero de 2012


El corazón delator






¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.

Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!

Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?

Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!

-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

FIN

Edgar Allan Poe

El otro 




El hecho ocurrió en el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo 
escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la 
razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, 
con los años, lo será tal vez para mí. 
Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo 
siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero. 
Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A 
unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. 
El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara 
en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien; mi clase de la 
tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista. 
Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de 
fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había 
sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no 
mostrarme incivil. El otro se había puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurrió la 
primera de las muchas zozobras de esa mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar 
(nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules. El 
estilo me retrajo a un patio, que ha desaparecido, y a la memoria de Álvaro Melián 
Lafinur, que hace tantos años ha muerto. Luego vinieron las palabras. Eran las de la 
décima del principio. La voz no era la de Álvaro, pero quería parecerse a la de Álvaro. 
La reconocí con horror. 
Me le acerqué y le dije: 
—Señor, ¿usted es oriental o argentino? 
—Argentino, pero desde el catorce vivo en Ginebra —fue la contestación. 
Hubo un silencio largo. Le pregunté: 
—¿En el número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa? 
Me contestó que sí. —En tal caso —le dije resueltamente— usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también 
soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge. 
—No —me respondió con mi propia voz un poco lejana. 
Al cabo de un tiempo insistió: 
—Yo estoy aquí en Ginebra, en un banco, a unos pasos del Ródano. Lo raro es que nos 
parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris. 
Yo le contesté: 
—Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un 
desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo del Perú 
nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón. En el 
armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres volúmenes de Las mil y una noches
de Lane con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo y capítulo, el 
diccionario latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de 
Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de sangre de Rivera Indarte, con 
la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Carlyle, una biografía de Amiel y, 
escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los 
pueblos balkánicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso de la plaza 
Dubourg. 
—Dufour —corrigió. 
—Está bien. Dufour. ¿Te basta con todo eso? 
—No —respondió—. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural 
que sepa lo que yo sé. Su catálogo prolijo es del todo vano. 
La objeción era justa. Le contesté: 
—Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que 
el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación, 
mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido 
engendrados y mirar con los ojos y respirar. 
—¿Y si el sueño durara? —dijo con ansiedad. 
Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fingí un aplomo que ciertamente no sentía. Le dije: 
—Mi sueño ha durado ya setenta años. Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona 
que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos está pasando ahora, salvo que somos 
dos. ¿No querés saber algo de mi pasado, que es el porvenir que te espera? 
Asintió sin una palabra. Yo proseguí un poco perdido: 
—Madre está sana y buena en su casa de Charcas y Maipú, en Buenos Aires, pero padre 
murió hace unos treinta años. Murió del corazón. Lo acabó una hemiplejia; la mano izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de un niño sobre la mano de 
un gigante. Murió con impaciencia de morir, pero sin una queja. Nuestra abuela había 
muerto en la misma casa. Unos días antes del fin, nos llamó a todos y nos dijo: "Soy una 
mujer muy vieja, que está muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una 
cosa tan común y corriente". Norah, tu hermana, se casó y tiene dos hijos. A propósito, 
en casa, ¿cómo están? 
—Bien. Padre siempre con sus bromas contra la fe. Anoche dijo que Jesús era como los 
gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en parábolas. 
Vaciló y me dijo: 
—¿Y usted? 
—No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que son demasiados. Escribirás 
poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. Darás 
clases como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre. 
Me agradó que nada me preguntara sobre el fracaso o éxito de los libros. Cambié de 
tono y proseguí: 
—En lo que se refiere a la historia... Hubo otra guerra, casi entre los mismos 
antagonistas. Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un 
dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterloo. Buenos Aires, 
hacia mil novecientos cuarenta y seis, engendró otro Rosas, bastante parecido a nuestro 
pariente. El cincuenta y cinco, la provincia de Córdoba nos salvó, como antes Entre 
Ríos. Ahora, las cosas andan mal. Rusia está apoderándose del planeta; América, 
trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada día 
que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si 
cerrara los ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la 
del guaraní. 
Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin 
embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, 
más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las 
manos un libro. Le pregunté qué era. 
—Los poseídos o, según creo, Los demonios de Fyodor Dostoievski —me replicó no sin 
vanidad. 
—Se me ha desdibujado. ¿Qué tal es? 
No bien lo dije, sentí que la pregunta era una blasfemia. 
—El maestro ruso —dictaminó— ha penetrado más que nadie en los laberintos del alma 
eslava. 
Esa tentativa retórica me pareció una prueba de que se había serenado. 
Le pregunté qué otros volúmenes del maestro había recorrido. Enumeró dos o tres, entre ellos El doble.
Le pregunté si al leerlos distinguía bien los personajes, como en el caso de Joseph 
Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa. 
—La verdad es que no —me respondió con cierta sorpresa. 
Le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se 
titularía Los himnos rojos. También había pensado en Los ritmos rojos.
—¿Por qué no? —le dije—. Podés alegar buenos antecedentes. El verso azul de Rubén 
Darío y la canción gris de Verlaine. 
Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos los hombres. 
El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época. 
Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de todos. Por 
ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos 
los buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los 
afónicos, etcétera. Me dijo que su libro se refería a la gran masa de los oprimidos y 
parias. 
—Tu masa de oprimidos y de parias —le contesté— no es más que una abstracción. 
Sólo los individuos existen, si es que existe alguien. El hombre de ayer no es el hombre 
de hoy sentenció algún griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o de Cambridge, 
somos tal vez la prueba. 
Salvo en las severas páginas de la Historia, los hechos memorables prescinden de frases 
memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en 
la infancia; los soldados que están por entrar en la batalla hablan del barro o del 
sargento. Nuestra situación era única y, francamente, no estábamos preparados. 
Hablamos, fatalmente, de letras; temo no haber dicho otras cosas que las que suelo decir 
a los periodistas. Mi alter ego creía en la invención o descubrimiento de metáforas 
nuevas; yo en las que corresponden a afinidades íntimas y notorias y que nuestra 
imaginación ya ha aceptado. La vejez de los hombres y el ocaso, los sueños y la vida, el 
correr del tiempo y del agua. Le expuse esta opinión, que expondría en un libro años 
después. 
Casi no me escuchaba. De pronto dijo: 
—Si usted ha sido yo, ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de 
edad que en 1918 le dijo que él también era Borges? 
No había pensado en esa dificultad. Le respondí sin convicción: 
—Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo. 
Aventuró una tímida pregunta: 
—¿Cómo anda su memoria? Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años, un hombre de 
más de setenta era casi un muerto. Le contesté: 
—Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan. Estudio 
anglosajón y no soy el último de la clase. 
Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño. 
Una brusca idea se me ocurrió. 
—Yo te puedo probar inmediatamente —le dije— que no estás soñando conmigo. Oí 
bien este verso, que no has leído nunca, que yo recuerde. 
Lentamente entoné la famosa línea: 
L'hydre — univers tordant son corps écaillé d'astres.
Sentí su casi temeroso estupor. Lo repitió en voz baja, saboreando cada resplandeciente 
palabra. 
 —Es verdad —balbuceó—. Yo no podré nunca escribir una línea como ésa. 
Hugo nos había unido. 
Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt 
Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz. 
—Si Whitman la ha cantado —observé— es porque la deseaba y no sucedió. El poema 
gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho. 
Se quedó mirándome. 
—Usted no lo conoce —exclamó—. Whitman es incapaz de mentir. 
Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea 
lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos. Éramos demasiado 
distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el 
diálogo. Cada uno de los dos era el remedo caricaturesco del otro. La situación era harto 
anormal para durar mucho más tiempo. Aconsejar o discutir era inútil, porque su 
inevitable destino era ser el que soy. 
De pronto recordé una fantasía de Coleridge. Alguien sueña que cruza el paraíso y le 
dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor. 
Se me ocurrió un artificio análogo. 
—Oí —le dije—, ¿tenés algún dinero? 
—Sí —me replicó—. Tengo unos veinte francos. Esta noche lo convidé a Simón 
Jichlinski en el Crocodile.—Dile a Simón que ejercerá la medicina en Carouge y que hará mucho bien... ahora, me 
das una de tus monedas. 
Sacó tres escudos de plata y unas piezas menores. Sin comprender me ofreció uno de 
los primeros. 
Yo le tendí uno de esos imprudentes billetes americanos que tienen muy diverso valor y 
el mismo tamaño. Lo examinó con avidez. 
—No puede ser —gritó—. Lleva la fecha de mil novecientos setenta y cuatro. 
(Meses después alguien me dijo que los billetes de banco no llevan fecha.) 
—Todo esto es un milagro —alcanzó a decir— y lo milagroso da miedo. Quienes 
fueron testigos de la resurrección de Lázaro habrán quedado horrorizados. 
No hemos cambiado nada, pensé. Siempre las referencias librescas. 
Hizo pedazos el billete y guardó la moneda. 
Yo resolví tirarla al río. El arco del escudo de plata perdiéndose en el río de plata 
hubiera conferido a mi historia una imagen vívida, pero la suerte no lo quiso. 
Respondí que lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. Le propuse que 
nos viéramos al día siguiente, en ese mismo banco que está en dos tiempos y en dos 
sitios. 
Asintió en el acto y me dijo, sin mirar el reloj, que se le había hecho tarde. Los dos 
mentíamos y cada cual sabía que su interlocutor estaba mintiendo. Le dije que iban a 
venir a buscarme. 
—¿A buscarlo? —me interrogó. 
—Sí. Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista. Verás el color 
amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. 
Es como un lento atardecer de verano. 
Nos despedimos sin habernos tocado. Al día siguiente no fui. El otro tampoco habrá ido. 
He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he contado a nadie. Creo haber 
descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y 
fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el 
recuerdo. 
El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente. Soñó, ahora lo entiendo, la imposible 
fecha en el dólar.

FIN 

Jorge Luis Borges

La Hora del cuento inició con Guy de Maupassant y su cuento "La noche"



La noche




Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.
El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga.

Pero cuando el sol desciende, una confusa alegría invade todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que crece la sombra me siento distinto, más joven, más fuerte, más activo, más feliz. La veo espesarse, dulce sombra caída del cielo: ahoga la ciudad como una ola inaprensible e impenetrable, oculta, borra, destruye los colores, las formas; oprime las casas, los seres, los monumentos, con su tacto imperceptible.

Entonces tengo ganas de gritar de placer como las lechuzas, de correr por los tejados como los gatos, y un impetuoso deseo de amar se enciende en mis venas.

Salgo, unas veces camino por los barrios ensombrecidos, y otras por los bosques cercanos a París donde oigo rondar a mis hermanas las fieras y a mis hermanos, los cazadores furtivos. Aquello que se ama con violencia acaba siempre por matarlo a uno.

Pero ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo hacer comprender el hecho de que pueda contarlo? No sé, ya no lo sé. Sólo sé que es. Helo aquí.

El caso es que ayer -¿fue ayer?- Sí, sin duda, a no ser que haya sido antes, otro día, otro mes, otro año -no lo sé-. Debió ser ayer, pues el día no ha vuelto a amanecer, pues el sol no ha vuelto a salir. Pero, ¿desde cuándo dura la noche? ¿desde cuándo...? ¿Quién lo dirá? ¿Quién lo sabrá nunca? El caso es que ayer salí como todas las noches después de la cena. Hacía, bueno, una temperatura agradable, hacía calor. Mientras bajaba hacia los bulevares, miraba sobre mi cabeza el río negro y lleno de estrellas recortado en el cielo por los tejados de la calle, que se curvaba y ondeaba como un auténtico torrente, un caudal rodante de astros. Todo se veía claro en el aire ligero, desde los planetas hasta las farolas de gas. Brillaban tantas luces allá arriba y en la ciudad que las tinieblas parecían iluminarse. Las noches claras son más alegres que los días de sol espléndido.

En el bulevar resplandecían los cafés; la gente reía, pasaba o bebía. Entré un momento al teatro; ¿a qué teatro? ya no lo sé. Había tanta claridad que me entristecí y salí con el corazón algo ensombrecido por aquel choque brutal de luz en el oro de los balcones, por el destello ficticio de la enorme araña de cristal, por la barrera de fuego de las candilejas, por la melancolía de esta claridad falsa y cruda.

Me dirigí hacia los Campos Elíseos, donde los cafés concierto parecían hogueras entre el follaje. Los castaños radiantes de luz amarilla parecían pintados, parecían árboles fosforescentes. Y las bombillas eléctricas, semejantes a lunas destellantes y pálidas, a huevos de luna caídos del cielo, a perlas monstruosas, vivas, hacían palidecer bajo su claridad nacarada, misteriosa y real, los hilos del gas, del feo y sucio gas, y las guirnaldas de cristales coloreados.

Me detuve bajo el Arco del Triunfo para mirar la avenida, la larga y admirable avenida estrellada, que iba hacia París entre dos líneas de fuego, y los astros, los astros allá arriba, los astros desconocidos, arrojados al azar en la inmensidad donde dibujan esas extrañas figuras que tanto hacen soñar e imaginar.

Entré en el Bois de Boulogne y permanecí largo tiempo. Un extraño escalofrío se había apoderado de mí, una emoción imprevista y poderosa, un pensamiento exaltado que rozaba la locura.

Anduve durante mucho, mucho tiempo. Luego volví.

¿Qué hora sería cuando volví a pasar bajo el Arco del Triunfo? No lo sé. La ciudad dormía y nubes, grandes nubes negras, se esparcían lentamente en el cielo.

Por primera vez sentí que iba a suceder algo extraordinario, algo nuevo. Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche, que mi amada noche, se volvía pesada en mi corazón. Ahora la avenida estaba desierta. Solos, dos agentes de policía paseaban cerca de la parada de coches de caballos y, por la calzada iluminada apenas por las farolas de gas que parecían moribundas, una hilera de vehículos cargados con legumbres se dirigía hacia el mercado de Les Halles. Iban lentamente, llenos de zanahorias, nabos y coles. Los conductores dormían, invisibles, y los caballos mantenían un paso uniforme, siguiendo al vehículo que los precedía, sin ruido sobre el pavimento de madera. Frente a cada una de las luces de la acera, las zanahorias se iluminaban de rojo, los nabos se iluminaban de blanco, las coles se iluminaban de verde, y pasaban, uno tras otro, estos coches rojos; de un rojo de fuego, blancos, de un blanco de plata, verdes, de un verde esmeralda.

Los seguí, y luego volví por la calle Royale y aparecí de nuevo en los bulevares. Ya no había nadie, ya no había cafés luminosos, sólo algunos rezagados que se apresuraban. Jamás había visto un París tan muerto, tan desierto. Saqué mi reloj. Eran las dos.

Una fuerza me empujaba, una necesidad de caminar. Me dirigí, pues, hacia la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan sombría, porque ni siquiera distinguía la columna de Julio, cuyo genio de oro se había perdido en la impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, densa como la inmensidad, había ahogado las estrellas y parecía descender sobre la tierra para aniquilarla.

Volví sobre mis pasos. No había nadie a mi alrededor. En la Place du Château-d'Eau, sin embargo, un borracho estuvo a punto de tropezar conmigo, y luego desapareció. Durante algún tiempo seguí oyendo su paso desigual y sonoro. Seguí caminando. A la altura del barrio de Montmartre pasó un coche de caballos que descendía hacia el Sena. Lo llamé. El cochero no respondió. Una mujer rondaba cerca de la calle Drouot: «Escúcheme, señor.» Aceleré el paso para evitar su mano tendida hacia mí. Luego nada. Ante el Vaudeville, un trapero rebuscaba en la cuneta. Su farolillo vacilaba a ras del suelo. Le pregunté:

-¿Amigo, qué hora es?

-¡Y yo que sé! -gruñó-. No tengo reloj.

Entonces me di cuenta de repente de que las farolas de gas estaban apagadas. Sabía que en esta época del año las apagaban pronto, antes del amanecer, por economía; pero aún tardaría tanto en amanecer...

«Iré al mercado de Les Halles», pensé, «allí al menos encontré vida».

Me puse en marcha, pero ni siquiera sabía ir. Caminaba lentamente, como se hace en un bosque, reconociendo las calles, contándolas.

Ante el Crédit Lyonnais ladró un perro. Volví por la calle Grammont, perdido; anduve a la deriva, luego reconocí la Bolsa, por la verja que la rodea. Todo París dormía un sueño profundo, espantoso. Sin embargo, a lo lejos rodaba un coche de caballos, uno solo, quizá el mismo que había pasado junto a mí hacía un instante. Intenté alcanzarlo, siguiendo el ruido de sus ruedas a través de las calles solitarias y negras, negras como la muerte.

Una vez más me perdí. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar tan pronto el gas! Ningún transeúnte, ningún rezagado, ningún vagabundo, ni siquiera el maullido de un gato en celo. Nada.

«¿Dónde estaban los agentes de policía?", me dije. «Voy a gritar, y vendrán.» Grité, no respondió nadie.

Llamé más fuerte. Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada, aplastada por la noche, por esta noche impenetrable.

Grité más fuerte: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!»

Mi desesperada llamada quedó sin respuesta. ¿Qué hora era? Saqué mi reloj, pero no tenía cerillas. Oí el leve tic-tac de la pequeña pieza mecánica con una desconocida y extraña alegría. Parecía estar viva. Me encontraba menos solo. ¡Qué misterio! Caminé de nuevo como un ciego, tocando las paredes con mi bastón, levantando los ojos al cielo, esperando que por fin llegara el día; pero el espacio estaba negro, completamente negro, más profundamente negro que la ciudad.

¿Qué hora podía ser? Me parecía caminar desde hacía un tiempo infinito pues mis piernas desfallecían, mi pecho jadeaba y sentía un hambre horrible.

Me decidí a llamar a la primera cochera. Toqué el timbre de cobre, que sonó en toda la casa; sonó de una forma extraña, como si este ruido vibrante fuera el único del edificio. Esperé. No contestó nadie. No abrieron la puerta. Llamé de nuevo; esperé... Nada.

Tuve miedo. Corrí a la casa siguiente, e hice sonar veinte veces el timbre en el oscuro pasillo donde debía dormir el portero. Pero no se despertó, y fui más lejos, tirando con todas mis fuerzas de las anillas o apretando los timbres, golpeando con mis pies, con mi bastón o mis manos todas las puertas obstinadamente cerradas.

Y de pronto, vi que había llegado al mercado de Les Halles. Estaba desierto, no se oía un ruido, ni un movimiento, ni un vehículo, ni un hombre, ni un manojo de verduras o flores. Estaba vacío, inmóvil, abandonado, muerto.

Un espantoso terror se apoderó de mí. ¿Qué sucedía? ¡Oh Dios mío! ¿qué sucedía?

Me marché. Pero, ¿y la hora? ¿y la hora? ¿quién me diría la hora?

Ningún reloj sonaba en los campanarios o en los monumentos. Pensé: «Voy a abrir el cristal de mi reloj y tocaré la aguja con mis dedos.» Saqué el reloj... ya no sonaba... se había parado. Ya no quedaba nada, nada, ni siquiera un estremecimiento en la ciudad, ni un resplandor, ni la vibración de un sonido en el aire. Nada. Nada más. Ni tan siquiera el rodar lejano de un coche, nada.

Me encontraba en los muelles, y un frío glacial subía del río.

¿Corría aún el Sena?

Quise saberlo, encontré la escalera, bajé... No oía la corriente bajo los arcos del puente... Unos escalones más... luego la arena... el fango... y el agua... hundí mi brazo, el agua corría, corría, fría, fría, fría... casi helada... casi detenida... casi muerta.

Y sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver a subir... y que iba a morir allí abajo... yo también, de hambre, de cansancio, y de frío.


FIN


Guy de Maupassant